Ahora que en el mundo soplan vientos renovadores que barren con anacrónicas estructuras políticas, hay que alentar las esperanzas y expectativas de cambios profundos que den contenido social y económico y fortalezcan la endeble institucionalidad democrática nacional.
La generalidad de nuestros cientistas sociales viene diagnosticando la instauración en el país de una plutocracia cada vez más corrompida que malversa y dispendia una proporción excesivamente grande del ingreso nacional para reproducir una dominación política de la que se sienten orgullosos y seguros, bajo la convicción de que la sociedad dominicana no tiene reales alternativas.
Cada vez es más perceptible que entre las opciones políticas predominantes, las que han dominado el escenario nacional en el último medio siglo, no hay diferencias significativa, que cada vez se asemejan más y lo único que los separa es la ambición de controlar la mayor cuota de poder, instrumentando y pervirtiendo todas las instituciones.
Predomina en el liderazgo político la convicción de que el pueblo es ignorante y se vende por una cajita o una fundita, sino por una tarjeta electrónica que da acceso a unos cientos de pesos que sólo sirven para afianzar la pobreza. A una parte de las capas medias se le asimila a las nóminas y nominillas del gobierno central, de las instituciones autónomas y de los municipios, comprando silencios y complicidades.
Mientras tanto, la pobreza y la indigencia no tienen remisión con la reafirmación de la ignorancia y la insalubridad, del hacinamiento y las carencias de servicios fundamentales como el transporte, el agua potable, la energía y hasta los alcantarillados, pluviales y sanitarios.
De nada han valido cincuenta años de pregonado crecimiento económico cuando no hemos podido superar problemas como el de los apagones, cuando el promedio nacional de educación anda todavía por el sexto grado de primaria, cuando mantenemos altas tasas de analfabetismo y desempleo, cuando el 56 por ciento del empleo es informal y el 85 por ciento de los asalariados formales perciben salarios por debajo del costo promedio de la canasta familiar.
Tanta pobreza y atraso sólo puede tener explicación en la rapacidad con que la clase política ha conducido el país, viviendo de espaldas a los reclamos sociales, auto erigiéndose monumentos de piedra y cemento en vez de sembrar la simiente del desarrollo humano.
Por todo ello hay que recibir con esperanzas el llamado formulado esta semana por una docena de agrupamientos políticos alternativos para desarrollar un proceso innovador que converja en un movimiento que se plantee la búsqueda del poder para cambiar el rumbo del país, combatiendo la corrupción, el clientelismo y el engaño.
La tarea no es nada fácil y ha sido planteada en muchas ocasiones sin alcanzar siquiera a asustar al liderazgo político nacional. Pero esta vez está precedido de la emergencia de movimientos fuertemente contestatarios y masivos como los que se manifestaron contra la cementera en el área de influencia de Los Haitíses y en el reclamo del cuatro por ciento para la educación.
Es cierto que hay amplias masas alienadas y dependientes de las migajas que dejan caer los responsables del despilfarro. Pero también hay enormes reservas en la sociedad dominicana que se manifiestan en infinidad de grupos dispersos por todo el país y necesitados de un detonante que los potencie. Para ello se requiere no solo determinación, sino también inteligencia, innovación y diferenciación en la forma de concebir y realizar la política.-
.